… con empezar a comprimir mi pequeña caja toráxica. Después de pavonearme cual modelo de lencería frente a unas 47 amigas, en ese mismo día comencé a cambiar, a contraerme, a sentir que había cosas de mí que debía comenzar a reprimir. Cosas que no hay que mostrar. Porque esa era para mí la intención de todo este embrollo: no mostrar mis pequeños y florecientes atributos al mundo entero ya que avergonzaban a los demás, y ME avergonzaba.
Luego… la bendita menstruación. En mi corta vida, he llorado mucho, pero no recuerdo haber llorado tanto como ese día. El día en que me convertí en SEÑORITA. Una horrible tortura que todavía me persigue: LA TORTURA DE SABERME GRANDE…. DE SABER QUE YA NO PODRÍA JUGAR, NI SOÑAR, NI CREER… DE TENER QUE PREOCUPARME POR UN MUNDO QUE JAMÁS SE IBA A PREOCUPAR POR MÍ…
Como si no tuviera bastante ya con lo de Papá Noel…