Hubo una vez una niña con el corazón de colores y el pelo tornasolado. Si cerraba los ojos y los apretaba muy fuerte viajaba a donde quería y despertaba en los mundos con los que soñaba. Tenía los ojos del color del musgo y olía a campo, a pradera, a nubes y a flores amarillas. La niña soñaba que sus lágrimas harían un charco y del charco una laguna y de esa laguna un mar. La niña creía que le pasaría como a Alicia. Creía y sostenía que caería a un pozo o saldría volando del cielo de la rayuela y llegaría a ese lugar. Ese lugar que era su hogar.
Esa niña ya no existe. Ya no vive. Ya no está. Esa niña está vacía. Y gris. Y asquerosamente normal. esa niña se murió. Yo la maté. Esa niña era yo. Y ya no va a volver nunca más.
Esa niña ya no existe. Ya no vive. Ya no está. Esa niña está vacía. Y gris. Y asquerosamente normal. esa niña se murió. Yo la maté. Esa niña era yo. Y ya no va a volver nunca más.