"Grecia:
Te espero en la esquina de los muros altos. Dale que te prendías? Llevo mate. Un beso. Selva"
-Viniste.
-Hey, ¿Por qué tanta desconfianza?
-Ja, no.... Hoy no era desconfianza... más bien, era confianza.
-Te traje galletitas.
-Preparo el mate.
-Bueno... Te dije que vinieras porque te tengo que contar algo.
-Decime.
-Pero no puedo así.
-¿Así, cómo?
-Así... ¿Puedo hacerte algo antes de hablar?
-¿Qué?
-¿Puedo? ¿Me tenés la suficiente confianza?
-No. jajajaja.
-¿Me dejás?
-A ver....
-¿Y por qué la venda en los ojos?
-Porque no quiero que me mires. Quiero que me escuches.
-A ver...
-No. A escuchar...
-.....
-¿Sabés qué día es hoy?
-¿Martes?
-No, bobita. Si, pero no. hoy es mi cumpleaños.
-Hey....
-No! no te saques la venda!.. ¿Querés festejarlo conmigo?
-....... Si....... Pero festejarlo.... ¿Cómo?
-Como yo quiero festejarlo, ¿Querés?
-Y........ sí.
-Bueno, vamos.... No! Es con los ojos cerrados.
-¿Vos arreglaste todo esto?
-uhum.
-Está precioso... ¿Qué colgaste del techo?
-Barquitos de papel...
-¿Y las chicas? ¿Cami?
-No las invité.
-¿Por?
-Por..... porque hoy te quería a vos.
-¿A mí?
-Ajam. Decidí que hoy, por ser mi cumpleaños, yo me iba a hacer un regalo...
-¿Y yo soy tu regalo?
-Más o menos... Vos, acá, sos la mitad del regalo. La otra parte es más complicada.... La otra parte la tenés que hacer vos, Gre... Quiero que hoy me concedas algo... Quiero que hagamos un trato... Que hoy, por única vez... Hicieras como que me amas... Dejame quererte como te quiero querer... Dejame quererte como si quisieras que te quiera, solo por hoy....
-Sel, yo creo que...
-... Y mañana cuando amanezca podés irte como si nada hubiese pasado. Podés perderte para siempre. Yo te voy a dejar perderte. No voy a encontrarte más. Pero dejame hoy hacer como si nos quisiéramos... Solo por hoy.
Por la ventana ya entraban rayos de luna cuando Selva abrazó a Grecia y le besó el oído. Como gatos, sus cabezas comenzaron ese recorrido palpable que solo se hace desde el centro. Que solo se logra tocando el aura de las personas.
Despacio, Selva recostó a Grecia sobre la alfombra y la cubrió de besos que se convertían en pájaros, en luciérnagas. Tocó sus caderas Las dos columnas que la mantenían firme, impetuosa en esta tierra. Las únicas que la mantenían en este mundo (Si no estuvieran ahí quizás hace siglos viviría en una estrella). Tocó sus pechos y con el dedo comenzó a dibujar pétalos y la pobló de flores, de campos interminables dónde no oscurecía nunca. Dónde el viento soplaba despacito alguna melodía.
La amó intensamente. Tanto como jamás había amado a otra mujer. Y mientras yacían las dos sobre la alfombra roja mirando el techo de dónde colgaban cuarenta barcos, Grecias se aventuró a besarla como la primera vez, después de tantos años.
Por la mañana, Selva se despertó, pero no quiso abrir los ojos. Constató que el Sol que entraba por la ventana le estaba tocando la cara. Sintió el calor que emanaba el colchón y el frío del piso en su pierna, que yacía fuera de él. Dejó de respirar por unos segundos para agudizar el oído, y pudo sentir ese vaivén de aire casi rozándole la espalda. Quiso no haber despertado. Quizás si seguía sumergida en ese mar infinito en el que nadaba en su sueño... la alegría duraría un poco más. Quizás los barquitos flotarían más tiempo en su techo.
Abrió de a poco un ojo. En esa apertura solo veía distintos destellos de luz. Volvió a cerrarlo y se giró hacia Grecia. Sus párpados, como rendijas, inspeccionaron el durazno, el azabache y el carmín. Cuando los abrió completamente, Grecia yacía sobre la cama con el brazo extendido hacia ella. Contempló cada relieve de su rostro. Tocó con el borde de la mano su mejilla y volvió a caer en un sueño profundo. No sabía en que mundo había despertado, pero navegaba en un barco de papel.
Cuando el Sol estaba justo en esa posición en que te queda de sombrero y las sombras desaparecen bajo tus pies, se escuchó un ruido metálico circular. Selva se sentó en el colchón y vio como Grecia abría la puerta. En ese momento, ella volvió la cabeza hacia dónde instantes atrás, había amado, y la vio sentada en el colchón. Se miraron fijamente. Y solo esa mirada bastó para decirse todo lo que sus cuerpos habían repetido esa noche. Solo esa mirada bastó para cerrar ese gran círculo en el que deambulaban hace 6 años.
Grecia abrió la boca y con un sonido seco dijo no puedo. Cruzó el umbral que la llevaba hacia la calle y cerró para siempre el círculo. Un círculo perfecto. Que a partir de ahora, ya no tendría principio ni fin.
Los círculos son infinitos. Viajan en el Cosmos. Son eternos. Y duran un instante.