sábado, 12 de mayo de 2012

El Ojo Asesino


Cuando tenía unos 9 años, concurrí a un grupo de gimnasia infantil que se llamaba EFI. Al final de la clase, Siempre jugábamos al Ojo Asesino.
Armábamos una hilera atrás del profe y corríamos por todo el gimnasio. La idea era que en ningún momento el Ojo Asesino hiciera contacto con tu cuerpo, porque al instante estabas muerto. Entonces, cuando el Ojo giraba hacia la derecha todos nos corríamos hacía la izquierda, y así.
Como es de esperarse, los últimos, los de atrás, siempre caían primero. El profe gritaba sus nombres, y ellos se tumbaban en el piso, muertos. Nadie quería estar al final de la hilera, todos nos peleábamos por los primeros lugares detrás del profe.
Después de un tiempo de juego, cuando quedaban muy pocos jugadores y el Ojo no podía matarlos, él daba un giro inesperado y rapidísimo. Entonces, nadie podía esconderse más tras él, y todos morían. Nadie le ganaba al Ojo Asesino.  
Nunca entendí por qué nadie podía ganarle, o por qué siempre el Ojo Asesino era siempre el mismo. Me lo imaginaba tirando rayos de color rojo desde los ojos, y con ese sonido de láser supersónico. El Ojo Asesino: Inquebrantable, Poderoso, Único, Letal.
La última clase a la que fui, el Ojo Asesino me mató a la primera. Pero yo no cedí. Seguí en la fila. El profe me decía “Miss estás muerta”. Pero yo no me soltaba de mi compañero de enfrente. Seguí corriendo detrás, y cuando llegó el final y el profe se dio vuelta, me quedé de pie, firme frente al profesor. Los rayos láser me cercenaban la piel, profundamente. Sus ojos se entornaban para hacerme caer. Hasta que por fín, me senté suavemente en el suelo, sin bajar la mirada. El profe se rió a carcajadas y me trató de mala perdedora.
Nunca más fui a EFI, nunca más dejé que los rayos láser me dominaran. 

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