Cuando tenía
unos 9 años, concurrí a un grupo de gimnasia infantil que se llamaba EFI. Al
final de la clase, Siempre jugábamos al Ojo Asesino.
Armábamos
una hilera atrás del profe y corríamos por todo el gimnasio. La idea era que en
ningún momento el Ojo Asesino hiciera contacto con tu cuerpo, porque al
instante estabas muerto. Entonces, cuando el Ojo giraba hacia la derecha todos
nos corríamos hacía la izquierda, y así.
Como es de
esperarse, los últimos, los de atrás, siempre caían primero. El profe gritaba
sus nombres, y ellos se tumbaban en el piso, muertos. Nadie quería estar al
final de la hilera, todos nos peleábamos por los primeros lugares detrás del
profe.
Después de
un tiempo de juego, cuando quedaban muy pocos jugadores y el Ojo no podía
matarlos, él daba un giro inesperado y rapidísimo. Entonces, nadie podía
esconderse más tras él, y todos morían. Nadie le ganaba al Ojo Asesino.
Nunca
entendí por qué nadie podía ganarle, o por qué siempre el Ojo Asesino era
siempre el mismo. Me lo imaginaba tirando rayos de color rojo desde los ojos, y
con ese sonido de láser supersónico. El Ojo Asesino: Inquebrantable, Poderoso, Único,
Letal.
La última
clase a la que fui, el Ojo Asesino me mató a la primera. Pero yo no cedí. Seguí
en la fila. El profe me decía “Miss estás muerta”. Pero yo no me soltaba de mi
compañero de enfrente. Seguí corriendo detrás, y cuando llegó el final y el
profe se dio vuelta, me quedé de pie, firme frente al profesor. Los rayos láser
me cercenaban la piel, profundamente. Sus ojos se entornaban para hacerme caer.
Hasta que por fín, me senté suavemente en el suelo, sin bajar la mirada. El profe se rió a
carcajadas y me trató de mala perdedora.
Nunca más fui
a EFI, nunca más dejé que los rayos láser me dominaran.
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