Esa noche en el taller de CuentaCuentos me tocó contar la leyenda de la Luciérnaga. Me paré frente a los mismos rostros que compartían esa pequeña caja de cristal conmigo desde hacía seis meses. Sonia me miraba con esos ojos grandes como almendras y me daba fuerzas para empezar. Su mirada es la cosa más tranquilizante que he sentido en mi vida. Me dejé calmar y comencé mi historia. La repetí cuatro veces. No podía dar con el hilo conductor que la conectara con mi corazón. Es que había algo en esa ventana, un brillo intermitente que chocaba con mi parpado, chocaba contra el vidrio. Ella siempre había disfrutado de los rebotes de la luz en los espejos.... pero estaba tan lejos ahora.
No aguanté. Me fuí de la clase, frustrada y cegada. Con la lucesita grabada en los ojos - que cuando los cerraba, la transformaban en puntitos de colores, como una luz giratoria de boliche, como un caleidoscopio- salí del teatro arrastrando los pies y tratando de mirarme la punta de la naríz.
Creí que estaba nevando. El aire estaba espeso y no se podía respirar. Recordé jirones de la charla de mediodía que sostenían en la televisión mientras yo dormía en el sillón: Poyehue, cenizas, asma, barbijo....
Cuando mi garganta se trabó me dí cuenta de los pedazos de silicio entrando a mis pulmones. Me miré el pecho tratando de imaginar la secuencia en la que esos retazos se agolpaban y trataban de quebrarlos, pero quedaban pegados cual abrojo, hasta que la volví a ver, la lucesita pegada en mi pecho.
Levanté la vista y divisé una figura con un pedacito de espejo en su mano que hacía rebotar la luz del farol de la esquina para que me dé un flechazo. ¿Un francotirador lumínico?. Escuché una leve risa. Y la figura desapareció tras un árbol. Corrí a buscarla, veía su destello dejando un halo de magia por dónde pasaba. La perseguí cuadras, hasta llegar al parque.
Estaba quieta apuntándome con su sol móvil la naríz. Como aturdida caminé hacia ella. No veía nada. La blancura se ordenaba de lado a lado, mientras los puntitos gris ceniza seguían cayendo del Gran Cenicero Celestial. Al chocar contra su cuerpo, dejó caer el espejo. Me apretó delicadamente y su lengua se posó sobre mis labios.
- Tu Boca tiene gusto a ceniza, nena- le dije- A qué volviste?
- Es que no podía esperar a tener tu beso de volcán.

muy bello señorita. me mori de la ternura, :*. orne
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